Santiago de Chile
10 junio 1979
Cortejo y Epinicio
David Rosenmann-Taub
Editorial esteoeste
por Hernán del Solar
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Hemos
recibido
casi simultáneamente dos libros de este poeta chileno, publicados
por la Editorial Esteoeste de Buenos Aires. Nació entre nosotros
en 1927 y aunque a menudo se halle fuera del país, se tiene
un claro sentido de su valor dentro de la poesía nacional,
no son pocos los que le admiran y quisieran verle participar en
las reuniones literarias, que nuestro autor rehúsa, evita
sabiamente. Sin embargo, ha obtenido premios significativos, se
le busca, y él, con lealtad para sí mismo, muestra
alegremente su ausencia. Lo que parece interesarle de veras es su
trabajo. Recordamos un viejo poema suyo, que acerca a su poesía,
considerada hermética, distante de la comprensión
habitual: |
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Yo canto como
el sol,
y el sol no canta.
Yo
sueño
como Dios,
y Dios no sueña.
Yo, cual
la tierra, muero,
y la tierra no muere, ¡pero canta!
[Cuaderno
de Poesía: Poema IV, "El Raudal"]
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Los
dos libros
que han llegado a nuestras manos en estos días son El
Cielo en la Fuente y Cortejo y Epinicio. Dos obras que
no se asemejan a las habituales. ¿Cuál es la diferencia
esencial? En las otras, generalmente, el poeta se halla frente al
mundo y, de una u otra manera, muestra a las cosas, los seres, los
explica y realza. En éstas, el poeta crea su mundo, el propio,
y desde él nos habla, nos enseña su conciencia, ese
recinto privado, a veces incomunicable. Así, pues, nos parece
que para entrar en él debemos, en principio, abandonar todo
razonamiento, el hilo conductor de la lógica, y caminar por
lo recién creado con un permanente sentimiento de asombro.
Y no se piense
ante tales palabras que nos encontramos ante un hermetismo buscado
y rebuscado, como suele suceder frente a muchos poetas de aquí y
otras partes. En El Cielo en la Fuente y Cortejo y Epinicio la
naturalidad del misterio nos hace avanzar ante cosas y seres
verosímiles, reales, que no se explican, que, simplemente,
son. Lo imaginario es aquí lo real. Lo sentimos, lo palpamos,
lo tenemos, porque las palabras son, ni más ni menos, que
simple poesía. Ahí está su fuerza, su gracia.
Parece que el poeta nos hablara desde muy lejos, más allá de
lo viviente, desde un conocimiento de descubridor de su propio
destierro.
No obstante,
hay una transfigurada realidad que nos circunda en casi todo poema,
y, si tendemos el oído, escuchamos con el corazón
alerta y entendemos el rumor de la poesía en medio de las
imágenes, muchas de ellas cotidianas, que nos permiten vivir
en el sueño de la realidad. Tomemos un ejemplo de Cortejo
y Epinicio. Acerquémonos a una bella y comprensible
realidad: |
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Es un claro
de luna desmoronado, ciego,
que lóbregos estambres enarbola; es un claro
de luna en la pared del comedor, y avanza,
por garras de candor, las alas a la rastra.
Bajel de inmensidad, todo gris ligereza,
con indolencia gris te amustias y tu vuelo,
rezongando,
rebota.
Las bandejas se apartan de tus torcidos mimbres:
te mastica
la sombra:
a las sillas
recorre
un conventual chirrido, la alcuza tintinea
roncamente
en el trinche,
las servilletas gritan, se funden los rincones.
Es un luto estridente, es un lamento eterno
de cucharas, manteles, platos, saleros, vasos;
es un claro de luna, desmoronado, ciego,
que lóbregos estambres enarbola; es un claro
de luna en la pared del comedor, y avanza,
por garras de candor, las alas a la rastra.
[Cortejo
y Epinicio: Poema X, "El gato coge a una mariposa"]
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La
epímone
(repetición de verso y a veces de palabras) da fuerza, enigmático
vigor a la poesía que juega con el misterio, realizándolo, poniéndolo
a nuestra vista para que lo vivamos. En este mismo libro hallamos
otro ejemplo de vigorización de la realidad transformada en una
transfiguración que nos sumerge en un mundo interior, musicalmente
murmurada para que el corazón la acoja: |
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Después,
después el viento entre dos cimas,
y el hermano alacrán que se encabrita,
y las mareas rojas sobre el día.
Voraz volcán: aureola sin imperio.
El buitre morirá: laxo castigo.
Después, después el himno entre dos víboras.
Después la noche que no conocemos
y extendido en lo nunca un solo cuerpo
callado como luz. Después el viento.
[Cortejo
y Epinicio: Poema I, "Preludio"] |
Como
hemos
advertido, David Rosenmann-Taub no es un poeta fácil, de una interioridad
que de inmediato se refleje en el espejo de las palabras. La suya,
lo repetimos, es creación permanente, cambiante, la cual no se bordea,
se mira como algo evidente, se está observando para que se nos revele.
Hay que internarse por ella y explorar con el alma su misterio.
No se explica, porque entonces se aparta, se cierra, se oscurece.
Es de una originalidad intensa, profunda, inalcanzable para la saeta
trizadora de la lógica. Por algo dijo de ella Francis de Miomandre,
Premio Goncourt 1908, obtenido por su novela Escrito en el agua: "Su autor posee un acento y una calidad totalmente excepcionales.
No veo a nadie, ni aun entre nosotros, que se atreva a abordar la
expresión poética con tan desgarradora violencia." A veces, la violencia
sonríe, y todo lo dice en un par de versos. |
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En "Ícaro" leemos:
¡Espaldas,
asediadme!
[Cortejo y Epinicio: Poema
LIX]
O bien:
¡Mi
dama calva, mi apacible dama!
¿Qué armiño en ráfagas
robó tus trenzas
de cucaracha?
[Cortejo
y Epinicio: Poema XLII]
Y humor negro:
Acabo
de morir: para la tierra
soy un recién
nacido.
[Cortejo
y Epinicio: Poema XVII, "Genetrix"]
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Su fantasía
es a menudo delirante. Hace y deshace mundos. Levanta los sueños
y los derriba para que renazcan. Dios, la vida y la muerte cruzan
su poesía secretamente, y el poeta sabe que para su corazón
herido no hay otro bálsamo que la palabra poética:
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...
se olvida de la muerte
y la vida que riñen en un rincón vacío.
Y Dios se va sin verlas, mas siente escalofrío.
[Cortejo
y Epinicio: Poema XXVII] |
Una voz, la suya, sin que otra la iguale
en nuestro orbe poético,
canta internamente para que exista un eco en hombre o mujer de alma
alzada hacia el sueño, al delirio, a la realidad viva que cruza
por sus palabras.
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