El
corazón de Jesusa dejó de latir.
– Papá – gritó –, mi corazón no está –.
La sombra de las clavellinas se mecía en una distancia un poco
envolvente.
– Mi corazón – dijo –, mi corazón
no está.
Demasiado
garfiada en dos palancas
acechas la ceniza.
– Mi corazón – gritó.
La sombra de las clavellinas.
Tres
y dos,
y dos para tres.
– Mi corazón no estaba – dijo.
O no dijo.
O lo dijo.
¿Talud? ¿Mi corazón?
Las
montañas tienen la morada en otro reino.
Yo tengo mi morada.
aquí.
¿Repetiré la sombra?
¿Me ceñiré, venciéndome?
El
gallo matinal cantó dos veces.
Mi corazón
aún
latía.
¿Y
tú, instante de sombra,
qué mano en mis manos
avasallas?
¿Quién, quién mi pedestal?
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